El otro día soñé que te encontraba por casualidad. Una sonrisa cómplice y, sin esperarlo, unos brazos me apretaban contra tu cuerpo. Nadie nos miraba, pasábamos desapercibidos y, si por un casual no lo hacíamos, habías decidido en ese momento que te daba igual. Nadie debía explicaciones; como mucho nosotros y a nuestras propias sonrisas.
Soñé que caminábamos por las calles, que tu brazo rodeaba mi hombro y, a veces, mi cadera. Soñé que intentabas darme un beso y yo fingía huir, hasta que acababa por rendirme.
Recuerdo estar a gusto en aquel banco, recuerdo reírme y pensar que en ese momento todo me daba igual.
Soñé que me besabas sin miedo y que apartabas algún mechón rebelde de pelo de mi rostro, solo para acabar haciendo que sonriera y besarme de nuevo.
Fue entonces cuando abrí los ojos y lo comprendí.
(…)
Da igual, una vez más al fin y al cabo, era un simple sueño.