La noche prometía. Los planes habían surgido hacía casi un mes. Cada tarde nos brillaban los ojos y se nos escapaban sonrisas de niñas traviesas por la aventurilla que planeábamos, mientras hacíamos una cuenta atrás que parecía no tener fin, mientras nos prohibíamos las unas a las otras planear demasiado por miedo a que fallara todo.
Jueves… viernes… SABADO. Millones de nervios, millones de detalles en casa para no levantar la más mínima sorpresa y pijamas en una maleta que solo salieron a la luz en la primera parte de la noche para no manchar la camiseta de salir. Pizzas, coca cola, confesiones y sesión de fotos con gafas de abuelito…
Silencio sepulcral, bostezo y fin de llamada. Minutos de silencio. COMENZAMOS. Caminamos sobre tacones poco acostumbradas, nos ponemos gafas de sol por la noche y avanzamos hacia nuestro destino: bailar como locas desenfrenadas. Disfrutar de la noche y de nosotras entre nosotras. Rastrillos, palas y cacharros en cubos de playa eran la tónica ambiente de la noche. Caras conocidas y caras por conocer. De repente, tú. Aquel que conocía y no sabía. Malas presentaciones me hicieron confundir que, sumadas a fotos que nunca salieron a la luz, marcan un primer encuentro; un primer encuentro en el que, misteriosamente, se apagaron todas las luces del local más de moda, primer encuentro que recuerdo con cariño, primer encuentro que pasó a la historia entre las chicas... como el 30J….